Sé perfectamente qué significan las palabras optimista y pesimista. El diccionario es muy claro al respecto. Sé también qué implicaciones simbólicas tiene situarse en el bando de voluntades que se agolpa tras cada una de estas banderas.

Sin embargo, hay ocasiones, bastantes, en las que una sombra de inquietud me cruza la mente, y dudo, y pienso que en el fondo ambos enfoques vitales aparentemente antónimos tienden a cruzarse, y no precisamente en el infinito sino a cada instante a lo largo de la vida cotidiana. Y me pregunto: ¿seré el único que piensa esto?

Eso por no hablar del realismo y el idealismo, conceptos o territorios a los que acudimos a menudo cuando debatimos sobre optimismo y pesimismo y que tienen, como bien es sabido, contornos de difícil concreción.

Bajo estas premisas en torno a las que elucubro aquí afirmo que yo, al menos, me siento, aunque pueda parecer paradójico, un optimista y un pesimista convencido a partes iguales. Quiero decir que groso modo la vida con su porvenir me parece terriblemente injusta, y cruel y siniestra, y tantas otras cosas trágicas hasta el llanto. Pero esto no me impide trazar proyectos, y admirar las infinitas posibilidades que la existencia humana nos ofrece, su inmensa e indecible belleza, la honda fraternidad, sus prodigiosos obsequios.

Por otro lado, no tengo nada claro que los pesimistas sean los más predispuestos a cambiar y o mejorar el mundo y viceversa. Además, existen optimistas que de tan optimistas llegan a ser bobalicones, y pesimistas que de tan pesimistas llegan a ser entristecidos seres de novela barata.

Lo cierto es que ambos, bobalicones y entristecidos o no, suelen estar afectados por un desquiciante inmovilismo tan grande como el mío, que tengo un poco o un mucho de ambos. O no, según se mire.

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