Hubo un tiempo en el que pensé mucho en Vincent Van Gogh. Fue en los inicios de los años madrileños que fueron, al fin y a la postre, la parte final de una larga y torrencial etapa creativa que dio como resultado la publicación de mi primer poemario titulado La Ciudad Prohibida o Las Flores de Orégano.

Entonces vivía rodeado de unos pocos artistas extranjeros con muy poco éxito que había conocido por eso que algunos llaman azar. Mientras tanto yo, periodista recién licenciado y poeta en la sombra, asistía a las clases de un durísimo curso de administración de empresas de nueve meses de duración en una universidad privada. El contraste entre ambos mundos era realmente brutal pero para mí, analizándolo con perspectiva, resultó ser muy estimulante.

Recién llegado a la gran ciudad el aire vibraba en torno a nosotros. Todo era oportunidad e improvisación. Asistíamos a inauguraciones de exposiciones y a los grandes museos, nuestras conversaciones chisporroteaban en los bulliciosos bares, casi siempre llegaba la madrugada incluso entre semana, y todo era inspirador y franco y crudo y precario, pero maravilloso e irrepetible.

En cada momento de la vida uno lee los libros que debe leer. Al menos para mí es cierta esa ley que dice que son los libros los que le buscan a uno y no al contrario. Quizá por eso yo entonces leí sobre aquel París bohemio y lisérgico de los artistas, aquella larga entrevista al siempre enigmático e interesante Duchamp, la Rayuela, El Quijote, París era una fiesta de Hemingway, algún poema elástico de Cendrars, las cartas que Vincent le mandó a su hermano Teo durante los últimos años de su vida.

En aquel momento Vincent representaba para mí al artista en su pura esencia: atormentado, incomprendido, antisocial, dueño de una gran verdad inconfesable, con un pie en la genialidad y otro en la locura, sea lo que sea que este concepto y esta dualidad signifiquen. Y su figura, a través de las páginas de ese libro, arraigó hondamente en mí. Porque Vincent era artista sin pretenderlo, y yo soñaba con ser artista, igual que Patti Smith antes de llegar a Nueva York.

Ahora pienso que quizá esa forma no buscada de vivir
desordenadamente, esa intención de pertenecer y no a la artistocracia, esa forma de crear y divagar sin descanso, ese rodearse de libros y discos y cuadros en habitaciones hostiles, la tendencia a aislarse, quizá todo eso solo fuese un vano intento de imitar remotamente a Vincent. Y quizá todos aquellos poemas abigarrados y reunidos bajo un mismo título fueran mis propias cartas a Teo.

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