Siempre he pensado que las habitaciones en las que uno duerme se parecen a uno mismo. Por los mismos motivos y por extensión ocurre algo similar con toda la casa, aunque bajo mi punto de vista en el caso del cuarto las evidencias de esta afirmación son más explícitas.

Si bien por lógica esto puede no pasar de partida ni en toda la casa ni en nuestro cuarto, estos dos ámbitos tienden a ser modificados paralelamente a través del tiempo en un proceso lento y meticuloso que acaba fagocitando el espacio físico, convirtiéndolo en un espacio emocional, una prolongación del estado de ánimo y el alma de su o sus habitantes.

Esto ocurre en el caso en el que la habitación solo se utiliza como dormitorio. Pero mucho más acusadamente si estamos en un piso compartido y el cuarto se convierte en el único espacio íntimo y propio en toda la casa.

Por ejemplo, mi primera habitación en Madrid era muy pequeña. Su ventana daba a un patio interior y sus únicos muebles eran una tabla con dos caballetes y un armario compacto con un ropero ridículamente pequeño, tres estanterías y una cama desplegable y estrecha. Yo llegaba ligero de equipaje, casi sin ropa, con muy pocos discos y libros, y con la necesidad de escribir, de mirarme hacia dentro.

Mi segunda habitación era más amplia, más luminosa y habitable. Su principal característica era que su ventana daba a la calle, pero a la altura de los pies de los caminantes. Yo no tenía la sensación de estar viviendo en una estancia exterior. Aunque por aquel entonces me sentí más abierto al mundo, menos introspectivo, y bastante voyeur, pero de un modo un tanto perverso. Veía el mundo, pero desde un lugar aún extraño, como mi habitación.

Mi tercera habitación se parecía a las que imagino que ocupó el protagonista de Rayuela. Era muy amplia, con techo alto, puerta con llave, colgador con abrigos, lavabo y un ventanuco que daba a un patio interior. Yo continuaba en mi etapa creativa e introspectiva, pero comenzaba a abrirme mucho más. Por primera vez, desde mi cama se escuchaba con nitidez el estruendo de la ciudad, el grito amnésico del mundo.

La cuarta fue, sin duda alguna, la más habitable de todas, la más luminosa, la mejor. Tenía un buen tamaño y un precioso balconcito que daba a una calle tranquila. La época en la que la habité fue, creo, la más feliz de todas en aquellos cinco años y pico en Madrid. Definitivamente volví a entrar al mundo y el mundo entró en mí.

Y paradójicamente la siguiente, que resultó ser la última, fue la peor de todas. Diminuta, interior y con un pequeñísimo balcón al que por la disposición del armario era imposible acceder. Ese cuarto exhalaba pena, igual que yo. De algún modo el círculo se había cerrado con otra habitación pequeña, pero afortunadamente era el momento de volver.

Luego está la habitación en la que fui niño, la que abandoné para ir a Madrid: grande, alta, tibia, llena de luz. A pesar de que a mi regreso hice una agotadora labor de desescombro y reorganización aún inacabada, el cuarto desde el que escribo este post sigue siendo un peculiar hábitat en el que conviven objetos antiguos de mi infancia con el equipaje aún semiamontonado que me traje de las cinco habitaciones que ocupé y que no he sido capaz de acomodar del todo.

Igual que yo, este cuarto tiene algo del niño que fui, algo del tipo de 30 años que soy, un imposible equilibrio entre ambos mundos que, curiosamente, no parecen estar tan lejos entre sí.

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