Está bien. Admito que no es realista ni justo pedir que todos los cafés del mundo se parezcan a los de Roma, cremosos y con espuma, servidos, si la suerte está de nuestro lado, por un elegante camarero con traje y corbata.

Pero convendréis conmigo, queridos lectores, en que inmersos en la era Nespresso, entre los lujosos cafés vieneses de invierno que nunca he llegado a probar y los de la máquina de mi oficina existe un amplio universo de calidades en las que los bares, tabernas y cafeterías pueden desenvolverse con cierta solvencia, dignidad y buen gusto.

Quiero decir que particularmente yo, que me considero muy cafetero y que no creo ser el único que piensa esto, estoy hondamente cansado de que me sirvan cafés insípidos, quemados o sencillamente desagradables al paladar. Estoy harto de tener que pagar, como poco, 1,30 euros por esas infamias servidas en taza de porcelana barata, y de tener que apoquinar, en lugares levemente superiores en atención y prestigio, dos y hasta tres euros por algo que, casi ni en la mejor de las ocasiones se parece a los cafés de Roma: cremosos, con espuma y servidos, en el mejor de los casos, por un
elegante camarero, vestido de traje y con corbata.

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