Mañana en la batalla piensa en mí
porque seré mortal, frágil, prescindible
más allá de tu memoria
o quizá también en ella pero más levemente.

Hoy
ahora
se hará ayer muy pronto.

Y bastará que pase esta noche con su oscuridad cómplice y no asesina todavía siempre es cómplice si es todavía
después de que el vino desangelado de todas las despedidas haya sido agotado por nuestras bocas,
separadas entonces
y unidas más tarde como nuestros cuerpos enteros,
hasta la caída del reino oscuro,
reino que nos otorga toda la luz,
vino usurpado de las copas como botín cotidiano y perecedero, copas que tintineaban como campanas crepusculares presagiando lo antiguo.

Bastará que caigan todas las persianas abyectas
ante todas las ventanas brumosas
ante todos los lechos turbulentos;
que se deseen todo el hombre a toda la mujer contigua y viceversa un buen sueño antes de la guerra
y que éste dure lo que dura todo el sueño: nada.

Bastará una pluma heredada de infinitas plumas
firmando una vez más la declaración de la rutina santa.
Pluma con forma de voz, dedo o acero
sobre el papel en forma de oído, piel o labios
todos ellos mercenarios.

Bastará que esa rutina siga siendo como siempre supo ser:
una muerte sutil, indolora y acallada
como veneno en la comida.

Ojalá que esta soledad
que ahora es ingrávida,
por presumiblemente breve,
no se convierta en soledad definitiva,
implacable e infalible ley natural de atracción hacia el abismo del silencio de la piedra
la ausencia del susurro del río
el olvido de la carne
la muerte de la palabra.

Todo eso que no somos nosotros
o que quizá sí pero más levemente.

Mañana en la batalla piensa en mí
porque seré mortal, frágil, prescindible
más allá de tu memoria
o quizá también en ella pero más levemente.

Mañana en la batalla piensa en mí
porque yo también lo haré
hasta el instante mismo en el que deje de poder hacerlo.

Mañana en la batalla piensa en mí…

“La ciudad prohibida o las flores de orégano” (Madrid: Edición Personal, 2006).

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