Gracias a mi buen y ahora lejano amigo Tomás supe de la existencia del excéntrico cantante y compositor estadounidense Daniel Johnston alguna fría noche de diciembre del año 2006 en una pequeña habitación con vistas a un patio interior de Madrid.

Tomás estaba haciendo una tesis doctoral sobre la obra del poeta creacionista chileno Vicente Huidobro y yo era becario en una agencia de noticias. A los dos nos fascinaban The Doors, Jannis Joplin, Jon Lennon, una irreverente canción de Los Planetas y los buenos poetas. ¡Además Tomás conocía a Gonzalo Rojas!

Lo mejor es que todo aquello lo supimos muy pronto, casi en un instante. Y una vez convenidos esos mínimos lugares comunes estéticos nos convertimos en muy buenos amigos, creo que para siempre, y Tomás pasó a mostrarme las misteriosas canciones y la abrupta vida de Johnston que yo no conocía.

Como tantos otros seres humanos, Daniel Johnston estuvo cuando era un adolescente muy enamorado de una mujer que nunca le correspondió. Sin embargo consagró toda su obra a su amor, y todas las canciones compuestas para una mujer llevaban en lo hondo escrito su nombre.

Pero quizá lo más relevante en torno a la figura de este compositor es que desde muy pronto hizo peligrosos viajes al lado oscuro de la mente. Quiero decir que cada cierto tiempo y desde niño Daniel dio muestras de ser, por decirlo de alguna forma, una persona muy poco corriente, con un modo peculiar de percibir e interpretar la realidad.

Y quizá ese hecho singular fue al mismo tiempo el que lo distinguió de todos los demás y, al fin y a la postre, lo que le impidió cumplir su sueño de vivir de la música. Porque finalmente Daniel acabó recluído en un centro psiquiátrico, estragado y casi anulado por la medicación. Aunque según he sabido, ha seguido haciendo algunas actuaciones aquí y allá hasta hace poco tiempo.

Desde luego su talento era enorme e indiscutible. Sus primeros discos eran muy potentes y estaban grabados en un garaje. Todo el material técnico se componía de un piano a pilas de la marca Casio y una simple grabadora de cintas.

Posteriormente hizo discos más profesionales, incluso sesiones con músicos conocidos. Pero la inconstancia y sus vaivenes mentales no hicieron posible que la historia diese más de sí ni que fructificase.

Con el paso de los años, de entre todos sus temas, de estructura, melodía y contenido muy variables pero siempre interesantes, sobre todo me siguen impresionando enormemente dos: “True love will find you in the end” y “Some things last a long time”.

La primera es como una rústica canción de campamento con una hermosa letra, guitarra y voz, tocada por Daniel como si de un joven y torpe boy scout sentado ante una hoguera se tratase.

La segunda, con piano, voz y unos mínimos arreglos, es de una aparente sencillez tanto en letra como en música. Pero siempre he sospechado que algo se oculta en ella, algo que me atrapa y me seduce, algo de lo que no soy capaz de desembarazarme ni de contar ni explicar.

Cada vez que escucho esta canción,ahora por ejemplo, retrocedo en el tiempo y supero la barrera de miles de kilómetros que me separa de mi amigo que ahora vive en Santiago de Chile, y recuerdo con nitidez y nostalgia aquellas largas noches de confidencia y whiscky en las que Huidobro y Johnston y Lennon y Morrison y una tristeza un tanto impostada eran partes de una sola cosa que aún no he sabido nombrar, ni contar a casi nadie.

True love will find you in the end
http://youtu.be/xNXTh4A4uS0
Some things last a long time
http://youtu.be/TV6LPx1ezYs

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