Aquel hombre rozaba con las palmas de sus manos el borde de las copas de cristal como si fuesen las teclas de un piano surrealista. La mujer se había detenido casi sin darse cuenta. Estaba de pie a menos de un metro de él. Era la primera vez que lo veía por allí. O cuanto menos la primera vez en la que se percataba de su presencia. Tiró unas monedas a la caja de terciopelo que había bajo la mesita sobre la que se situaban las copas. Después permaneció atenta a aquel sonido de agua durante un cuarto de hora.

Eran las diez de la noche. Una hora casi intempestiva para los artistas callejeros, pensó la mujer, necesitados de la ausente marea de transeúntes entre la que hacer su recaudación diaria. Porque en ese momento anochecía. Y las calles ya se habían vaciado, o quizá tan solo se sabían solitarias.

Al ver a la mujer detenerse, algunas personas se habían arremolinado ante el músico creando una suerte de platea improvisada. Ya se sabe que la gente que camina por la calle tiende siempre a detenerse y a imitar lo que alguien, casi siempre un perfecto y temible extraño, hace o amaga con hacer. Mientras tanto, desacostumbrado a la atención del público, el hombre fue interpretando piezas cada vez más complicadas y virtuosas.

Años atrás, en otra ciudad, a la hora de las calles vacías, la misma mujer, más triste, se había detenido ante otro hombre. Era negro y tenía rastas. Vestía con un poncho y se apoyaba en una farola, entre la niebla, al filo de las once de la noche, para tocar su saxo.

En aquella ocasión la mujer también arrojó unas cuantas monedas a una caja de terciopelo situada a los pies del músico, pero después se alejó del hombre unos cuantos metros. Confundida entre la niebla, fabuló con aquel encuentro, la existencia del saxofonista y la casualidad que los había unido en aquel instante que ella creía mágico, o quizá cinematográfico.

Pero entonces nadie le secundó. Ni siquiera cuando repitió durante varias noches el mismo ritual de echar las monedas a los pies del hombre y alejarse unos metros a refugiarse en lo oscuro para ensoñar, enamorada.

Entonces yo aún no estaba en su vida, aunque a veces ella lo duda. No para escucharla o para acompañarla y comprenderla. Y mucho menos para besarla o para olvidarla, si es que eso es posible.

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