Cuando era un niño, la Navidad era un feliz e inmenso misterio por el que en la mañana del 25 de diciembre un buen número de fabulosos regalos aparecían en la sala de casa junto a los zapatos de toda la familia.

Todo ocurría gracias a la providencial intervención del viejo carbonero vasco llamado Olentzero que, como todos bien sabemos, cada año por estas fechas baja de las montañas a complacer a todos los niños del lugar, yo incluído.

El desasosiego que entonces creaba en mí la imposibilidad de encontrarle explicación lógica a tan colosal y anual epopeya se veía sobradamente compensado por la ilusión y la alegría que irradiaban el sol de la infancia y esos irrepetibles años azules.

Pero luego llegó la adolescencia y su triste rebeldía, llena de desencanto y pesimismo e impostura. Y la Navidad pasó a ser un concepto a denunciar y repudiar incondicionalmente por motivos que ahora mismo carecen de total consistencia.

Superada esa fatídica etapa, y despojada en mí de todo componente religioso, la Navidad vuelve a ser un compendio de momentos tiernos y optimistas. No tan intensos ni misteriosos como hace veinte años, ciertamente, pero suficientemente alentadores como para que tratar de sacarles el mayor partido merezca mucho la pena.

Al fin y al cabo no puede hacerle mal a nadie desearse los unos a los otros unos días llenos de armonía y fraternidad o un buen año, aunque ahí fuera arrecien el frío, la codicia y la mendacidad.

Sirva este atípico villancico de los ya venidos a menos Sabina y Serrat como brindis 2.0 para desearos a todos una feliz Navidad y un fructífero año lleno de proyectos culminados.

Por los viejos tiempos, por los tiempos que vendrán:
http://youtu.be/RmN-j9_XYnE

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