De pronto, un día, hacia mil novecientos noventa y pico, este peculiar país se emborrachó de un inconsciente optimismo como un adolescente ante su primer cubata en el vagón restaurante del recién estrenado tren del liberalismo, y declaró como deporte nacional la compra de pisos y la solicitud de hipotecas como si el tiempo se fuese a acabar en cualquier instante, valga el juego de palabras.

Durante unos años ciertamente bizarros, el raro era el que o no tenía piso propio o no aspiraba a tenerlo. Alquilar un piso era de pobres, y al contrario que con una hipoteca, el alquiler mensual se asemejaba, nos dijeron los más sabios del lugar, a tirar el dinero por el retrete.

Así que el síndrome del propietario de una casa, por cochambrosa que pudiera llegar a ser, se adueñó de la voluntad de todo un país que, aplicando su habitual talento e inteligencia, encomendó su futuro a la especulación del ladrillo.

España iba bien. O eso nos decían algunos líderes con afición a sacarse fotos en las islas Azores para celebrar la entrada en una guerra. Así que no había problema en empeñar, digamos, el ochenta por ciento de la nómina para pagar un préstamo para una casa, o incluso para el coche y, ya puestos, para unas vacaciones en Gandía. Al fin y al cabo, vivíamos prácticamente en el país de Dick Cheney.

Pero un verano, hacia dos mil y pico, un banco de no sé qué país se undió en la miseria y la bancarrota. España dejó de ir bien, de golpe y sin avisar. Y la gallina de los uevos de oro la palmó.

http://youtu.be/oSkB2NfuehU

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